El calor era insoportable y el basurero era un caldero putrefacto,
mezcla de deshechos y sudor. Los buscadores de tesoros, como se les conocían a
quienes cruzaban el alambrado del vertedero, para encontrar algún objeto de
valor con el cual pudiera cambiarlo por dinero, pululaban por todo el lugar,
entre los escombros y los inmensos cerros de chatarra, sólidos y descompuestos.
El riesgo era muy grande en relación a la garantía de lo que se pudiera
encontrar, que les permitiera ese día obtener la comida del hogar. Ya uno de
ellos se había cortado la mano con un pedazo de vidrio de un florero fracturado
que permanecía en una de las bolsas negras, que a diario llegaban a ser
lanzados por los camiones de la municipalidad.
Varias puntadas en la clínica, eran prueba del arrojo de estas humildes
personas, que a diario y hasta que los guardas los expulsaba al caer la tarde,
vivían por unas cuantas monedas.
El mejor de ellos, un hombre cincuentón, de aspecto rudo y mediana
estatura, era el más conocido, como el afortunado, que por azares del destino
localizaba las mejores piezas, para la venta.
En una ocasión pudo valerse de sus habilidades para destapar unas cajas
de cartón y descubrir una consola de vídeo juego en relativo estado de
funcionamiento, por lo que logró veinte dólares, una fortuna para estos
infortunados seres humanos. Pilarte, era
como lo conocían, nunca preguntaron por su nombre de pila.
Azucena, era de las mujeres mayores, que
junto con sus dos hijas, una de las cuales abandono el trabajo, cuando se dio cuenta de su
embarazo, y en su lugar, llego una sobrina a continuar con las faenas del
hogar. La anciana, curtida por el sol, fungía más como directora de las dos
chicas, por su debilitado estado de salud, que a pesar de ello, arrogante
continuaba visitando la “mina” para cumplir con su sagrada misión de llevar el
sustento, máxime que pronto vendría otra boca más que alimentar.
Estos pepenadores de basura, vivían en los
barrios más pobres de la capital, y hacía más de 30 años que eran los habitantes
de esa gran metrópoli de pilas de basura. Como lo decía el más avezado de
ellos, el comandante Avilés, como lo conocían quienes se detenían a escucharlo
como el Aristóteles moderno. “Uno no sabe lo que va a encontrar porque siempre
hay un tesoro oculto esperando a ser descubierto”
El grito de Esmeralda, la sobrina de
Azucena, por un momento detuvo el quehacer del resto de compañeros de labor,
algunos pensaron que se había lesionado con algún objeto punzocortante como
había ocurrido semanas atrás con uno de sus conocidos, quien sin percatarse
había topado con una bolsa de deshechos de un laboratorio, y una jeringa aún
con la aguja puesta, se le incrustó en la piel. En la clínica no supieron
decirle si habría algún peligro con su salud, pues desconocían el contenido de
la inyección, o para que hubiera sido utilizado. Muchos lugares ignoran el
peligro en que incurren estos ciudadanos, cuando no prevén una adecuada forma
de deshacerse de los deshechos médicos.
Todos corrieron a donde se encontraba Esmeralda, y quedaron boquiabiertos, cuando vieron que
ella sostenía una pequeña caja de música, laqueada con un barniz que le
proyectaba el brillo fluorescente que avizoraba una reliquia de valor. No
salían del asombro como después de tanto tiempo amontonado entre bolsas y más
objetos, aquella cajita no tenía ni un solo rasguño, y permanecía intacta, tal
cual hubiera sido comprada ese mismo día de una tienda de la calla Kingston, la
más adinerada de la ciudad.
Las frases sueltas de los presentes, sobre
la suerte de la joven, que siendo su primer día de labor, y había descubierto
semejante tesoro. “Yo había pasado por ahí”, decía Milagritos, una señora de
cuarenta años, con más de veinte de visitar el vertedero; “Que suerte tienen
los que no se bañan” dijo Dagoberto, un muchacho de veinte años, que acompañaba
a su madre Angélica, y siendo su tercer año, lo mucho que había descubierto
había sido una pequeña armónica de metal, con la cual pudieron adquirir pan y
mantequilla para la familia.
Todos deseaban que Esmeralda abriera la
pequeña caja en ese momento, pero su tía, Azucena, le dijo que lo guardara en
la bolsa que siempre llevaban consigo. La exhalación de insatisfacción de la
muchedumbre que se había formado por la noticia que se había esparcido como pólvora,
no se hizo esperar y a pesar de los ruegos, la viejecilla no cambió de idea.
Sus arrugas y sus años proyectaban respeto, por lo que resignados, los demás
regresaron a sus labores, no sin antes, estallaran las especulaciones propias
de la imaginación de quienes buscan llenar de mágicas ilusiones sus vidas.
“Puede que en su interior, tenga alguna
joya olvidada por la propietaria de la caja”, decían algunos, “o tal vez,
algunos billetes, porque he oído que esas cajitas las usan como alcancías”, comentaban
otros. La inquietud y la curiosidad invadía aquella comunidad, que no pasó
desapercibida por doña Azucena, quien temiendo que alguno de sus “vecinos”, deseara apoderarse de la cajita, prefirió terminar más temprano la jornada del día. Ya ella no tenía las fuerzas
para batallar con algún jovencito que quisiera arrebatarle esa cajita, y era
mejor evitar que las tentaciones de los demás, ennegreciera la alegría que
mostraba su sobrina por haber sido la afortunada en descubrir el objeto.
De camino a su humilde hogar, Azucena, le
preguntó a su sobrina, como había podido encontrar aquella cajita entre tanta
basura. La respuesta la dejo sorprendida. Esmeralda, con sus ojos bien abiertos
y su sonrisa infantil propio de una chica de doce años, le respondió que había
sido por la música. Ello dejo perplejo a su tía. Así que llegando a la
vivienda, sobre una desvencijada mesa, se apresto a abrir aquella cajita.
Esmeralda, no dejaba de contener su ansiedad por averiguar que había en su
interior. “Apresúrese tía, ábrala ya”. Después de que se escuchara un rápido
chasquido de la diminuta aldaba, ambas quedaron perplejas de lo que observaban. Nada. Dentro de aquella bella caja, no había
nada.
Azucena, al observar la tristeza que se apoderaba de la mirada de
Esmeralda, se apresuró a añadir, “pero es una bella caja artesanal, seguro le
podremos obtener unos billetes, hija, te felicito por este hallazgo en tu
primer día”. Sin embargo, aquellas palabras no cambiaron el sentimiento de la
chica. Luego de que la familia cenara
papas cocidas con un pedazo de queso duro, se apagaron las velas y Esmeralda,
se durmió con la caja a su lado. Al dar la medianoche, ella creyó escuchar
nuevamente aquella bella música que en el basurero la dirigió al punto donde la
caja yacía. Abrió sus ojos y miró la
caja, pero la música ya no se escuchaba.
Intrigada, tomo aquel objeto y buscando un cerillo, encendió una vela y
no dejo de mirar la caja.
Un grito despertó a Azucena y a sus dos hijas, quienes salieron del
cuarto que dividía la sala y cocina, por una cortina, y encontraron a
Esmeralda, con los ojos bien abiertos. “Qué te paso, hija?” Le preguntó
Azucena. Y Esmeralda les mostró al girar la caja, que había un nombre y una
dirección, grabada en la parte de abajo. “Pero eso no estaba” dijo doña
Azucena. Sin añadir más palabras, acordaron regresar a dormir y acudir al lugar
marcado en la caja al día siguiente.
Muy temprano se encaminaron a tomar un
autobús, y las dos mujeres, se dirigieron a la zona más pudiente de la capital,
y conforme a los datos, se encontraron en las afueras de una enorme casa de
lujo. No sabían qué hacer, hasta que finalmente Azucena, se llenó de valor y
toco el timbre. Del otro lado del
intercomunicador, una voz les consulto el motivo de la visita. Al referir que habían
encontrado una cajita de madera, no había terminado de explicar, cuando la
seguridad del portón se escuchó que abría, y les invitaban a pasar.
Caminaron entre inmensos jardines hasta la
puerta principal, donde al abrirse una puerta una dama elegante corrió hacia
ellas, con los ojos brillosos, como que había llorado. Le tomo las manos a
Azucena y preguntó por la caja. Ella volvió a ver a Esmeralda, quien entre unos
pañuelos extrajo aquella cajita. Ambas mujeres estupefactas vieron como aquella
señora, tomaba con cariño la cajita, mientras inmensas lágrimas recorrían sus
mejillas. Atrás venía un caballero bien vestido que con mirada compasiva las
observó y luego abrazó a su mujer.
El caballero con voz entre cortada les dijo
que esa había sido la cajita en que se guardaban los rizos de su pequeña hija,
quien recientemente había fallecido de leucemia, y que por accidente la
servidumbre había lanzado a la basura mientras limpiaban la habitación de la
pequeña. Ellos les expresaron el agradecimiento por haberla encontrado, no sabían
cuánto significaba para ellos, porque su hija pasaba cantando al lado de esa
cajita hasta el último día de su vida.
Esmeralda, dio un paso adelante, y como
pudo silbó aquella música que en dos ocasiones había escuchado. La señora la
trajo a su pecho y la abrazó mientras lloraba. Y le dijo que precisamente era
la misma tonada que le cantaba a su hija, desde que la llevaba en su vientre.
No salían del asombro, por alguna razón del destino, la cajita, su hija,
deseaba regresar a su hogar.
Luego de recibir una considerable suma de
dinero, a pesar de negarse varias veces, Azucena, en silencio tomaba de la mano
a su sobrina, y se pusieron de camino de regreso a su hogar. Aún en el
bus, ambas sintieron que ese día habían sido testigos de un milagro divino. Y la felicidad interior al sentir que habían logrado reunir nuevamente a una hija con su familia.
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| EL FIN |




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